Hoy tenemos simulacro de
evacuación en la oficina.
Suenan las campanas de una
iglesia cercana. Son las 8.30 y salgo de casa, la hora de costumbre, fiel a
la rutina que impone la vida en la gran ciudad. Hace calor; unos operarios
se encuentran soldando el sumidero que atraviesa una de las calles
interiores de la urbanización.
Nada impide a un vecino que
camina apresurado, ajeno al bochorno mañanero, pasar a su lado sorteando el
abanico de chispas que buscan acomodo en su traje Emidio Tucci recién
adquirido ¡al 50%! en las rebajas de las crisis de unos conocidos grandes
almacenes.
Saludo a Manolo,
nuestro eficiente guarda, todo un ex-legionario; me dispongo a cruzar la
calle para coger mi coche cuando una gran masa verde pasa delante de mi
como una centella. ¿Será acaso uno de esos famosos brotes verdes de los
que hablan en la televisión?.
Acierto a distinguir en la
lejanía que, en realidad, se trata de un camión hormigonera de una cementera
próxima el que ha pasado a toda velocidad por el paso de peatones.
Por un momento pienso en
las personas que puedan perder la vida en accidente yendo a trabajar. ¡Bah!
qué tontería, total, en España sólo muere una persona al día por este
motivo. Recompuesto del susto, cojo el coche y me adentro en el descomunal
atasco de todos los días.
En el primer semáforo,
reparo en el autobús urbano que me precede y cuyo trasero se adorna con el
anuncio de la nueva campaña de prevención de riesgos del Gobierno Regional
de turno, “la seguridad nos une”, reza el lema con alarde tipográfico
acompañando unas fotos de anónimos modelos, eso si, muy bien parecidos, que
visten ataviados con diferentes equipos de protección individual –muy
original, pienso-.
Meditando acerca de las
posibilidades que como ayudas directas a las empresas podrían realizarse con
la cantidad de 16 millones de euros del montante de la Campaña que también
se pasean con el anuncio por toda la city, me sorprende observar, al
adelantarlo, como el conductor apura las caladas de un cigarro rubio de una
marca que bien podría ser el próximo blanco de su espacio publicitario; a
fin de cuentas, no me debería escandalizar un hecho tan habitual de ver en
los conductores de reparto de mercancías a cualquier hora del día.
Ya son las 8, 45. En la
radio, el boletín de noticias anuncia el caso de un panadero boliviano, sin
contrato, que ha perdido el brazo triturado por una máquina amasadora, al
que han abandonado a su suerte en la puerta de un hospital y pienso: ¡Mira
que si lo hubieran dejado desangrase en la panadería!. Qué detalle.
Por fin llego a la oficina.
Emilio, el conserje, no está en la recepción del edificio a la hora de
entrada de personal.
¡Y yo que quería
preguntarle si se confirmaba el simulacro!, ya que el año anterior se había
desprogramado por la propiedad del edificio, sin previo aviso a los
inquilinos.
Juan, su ayudante, me
indica exhibiendo su ortodoncia último modelo:
- Se ha ido a desayunarse su café con
churros de cada día, que trabajar con el estómago vacío es una puñeta, ya
lo sabe Vd.
En fin, mantengamos la
calma. No hay de que preocuparse, en definitiva el factor principal de un
simulacro es la sorpresa, que un incendio no avisa, ¡que aún estás dormido!.
A las 12.10 h, diez minutos
más tarde de lo programado, suenan las alarmas contra incendios y, equipados
con nuestros chalecos reflectantes (en realidad, son los sobrantes de su
flota de vehículos con los que generosamente nos ha obsequiado nuestro nuevo
proveedor de renting), nos apresuramos a organizar la evacuación del
personal conforme a lo indicado en nuestro Plan de Emergencia. ¡Qué
excitación!.
Como Jefe de Emergencia,
debo salir en último lugar y asegurarme que no quede nadie en las oficinas.
Es verano, y aunque disponemos de aire acondicionado, por el exceso de
concentración de personas para el espacio disponible, muchas de las ventanas
están abiertas para dejar entrar algo de aire.
Me dispongo a cerrar la
última de las ventanas y veo a Jaime, nuestro Director Financiero, sentado
tranquilamente en su despacho:
- Jaime, ¿no has oído las alarmas?,
preguntó ignorante de si padece algún problema auditivo ya que renunció a
realizar al reconocimiento médico que le ofreció la empresa a principios
de año.
- Sí, pero es que estoy cerrando la
facturación y no puedo distraerme, contesta muy solemnemente.
Me apresuro, pues, a
salir al rellano de la escalera para dirigir la evacuación de quienes vienen
de la planta superior, cruzando la recepción de la oficina donde veo a Sara,
nuestra guapa recepcionista, hablando por teléfono.
Le hago aspavientos y tras
varios segundos de espera (imagino que al ver mi semblante mezcla de cabreo
y estupefacción), cuelga el teléfono:
- Sara, ¿no has oído las alarmas?.
- Sí, pero me ha llamado el Director
General, y me ha dicho que me quedara atendiendo la centralita.
Ya en el vestíbulo, aún
baja gente de los pisos superiores; lo hacen en grupos, charlando
amigablemente; observo a Susana, diez años en la empresa en el Departamento
de Contabilidad, que baja leyendo el diario gratuito que le han dado en el
Metro por la mañana, en compañía de Ana, miembro del Equipo de Emergencias
asignado a la evacuación de la planta 4ª. Al verla sin chaleco reflectante,
le inquiero:
- Ana, ¿y tú chaleco?
- Se me ha olvidado en casa, responde con
voz trémula.
12.20 h. Acaba el
simulacro. Resultado: 2 muertos.
El resto del día transcurre
tranquilo y sin sobresaltos. Sólo una llamada desde una delegación de
Barcelona para comunicar un “incidente sin importancia” en una empresa
cliente: dos operarios se cayeron con una jaula de seguridad desde una
altura de 6 metros.
- ¿Como fue, Mercé?
- Nada. Un conductor de una carretilla
elevadora que hacía ocasionalmente las funciones del mozo, que en ese
momento conducía el toro sin permiso, y el supervisor de turno, que había
acudido a echarle una mano, se han subido con una jaula sin anclaje ni
arnés alguno, con tan mala suerte, que se han caído desde lo alto de una
estantería.
- Y, ¿que les ha pasado?, le pregunto
intrigado.
- Nada. Uno se ha fracturado una pierna y
el otro tiene un golpazo en la cabeza, pero estate tranquilo, que he
hablado con la Mutua y me han confirmado que han calificado el accidente
como leve.
¡Menudo alivio!. Son las
19.30 h, hora de volver a casa. El hervidero de teléfonos y voces se ha
tornado en un silencio plácido que se ha apoderado del lugar. Estoy
deseando ver a Lucía; hoy cumple seis meses.
Un panel indicador marca 36
grados cuando atravieso la rotonda próxima al parque temático cercano a
nuestra urbanización. Otra noche sin pegar ojo, pienso.
El brillo del sol se
refleja como en un espejo sobre las cabezas sudorosas de un grupo de
inmigrantes, africanos a juzgar por su aspecto, operarios de limpieza del
Ayuntamiento según leo en sus chalecos (eso sí reflectantes), que se afanan
por rastrillar, entre nubes de polvo, los rastrojos que ha dejado la seca
primavera.
En la radio, nuestro
flamante Presidente, responde a los periodistas que asisten a la Asamblea de
Naciones Unidas: “somos un gran país, lleno de oportunidades para todo el
mundo”.
20.15 h. Llego a casa.
Lucía me dedica una tierna sonrisa en la puerta.
Mañana será otro día.