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31/07/2010

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Acceso Colaboradores

 

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Los trabajadores autónomos (TTAA) y la prevención de riesgos laborales: ALLEGRO MA NON TROPPO

 

 

 

El pasado mes de Enero vio la luz un INFORME DE SINIESTRALIDAD LABORAL EN AUTÓNOMOS 2008, elaborado por la FEDERACIÓN NACIONAL DE TRABAJADORES AUTÓNOMOS (ATA) Y FRATERNIDAD MUPRESPA, en el se destaca como dato relevante la cifra de 535.365 trabajadores que en Septiembre de 2008 habían optado por asegurar la cobertura de las contingencias profesionales, un 72,5 % más que en el mismo mes del año anterior. 
 
 

Debemos congratularnos ante tan estupenda noticia que, como un efecto positivo derivado de la entrada en vigor de la Ley 20/2007, de 11 de Julio, reguladora del Estatuto del trabajador autónomo, refleja la mayor sensibilización del colectivo de los TTAA hacia la seguridad en el trabajo. 
 
 

Sin embargo, esa favorable acogida no puede obviar que la realidad sigue mostrándonos un escenario diferente y lejano al horizonte de una óptima situación de este colectivo en relación a la prevención de riesgos laborales, por cuanto esa cifra supone tan sólo un 16% del total de trabajadores inscritos en el Régimen Especial de Trabajadores Autónomos (3.367.075) o lo que es lo mismo: casi tres millones de trabajadores autónomos siguen careciendo de cobertura de aseguramiento de las contingencias profesionales. 
 

A este contexto hemos de añadirle que como “autónomos”, en tanto no tengan trabajadores a su cargo, quedan excluidos de la aplicación directa de la legislación de prevención de riesgos laborales (artículo 3.1 de la LEY 31/1995, de 8 de Noviembre, de Prevención de Riesgos Laborales –LPRL-), y de las exigencias y garantías que son de aplicación al empresario común, cuando sin embargo, se encuentran expuestos a los mismos riesgos laborales que los de por cuenta ajena. 
 

Nos encontramos con un fenómeno paradójico: mientras se acude a la contratación del trabajador autónomo por los clientes como alternativa más económica al no acarrear costes laborales, lo que se está generando en realidad, es un incremento del riesgo por “traslación”, ya que serán los clientes los que hayan de asumir responsabilidades ante posibles incumplimientos por los TTAA de la normativa de prevención ya que, en virtud de las obligaciones derivadas de la necesaria coordinación exigible por al artículo 24 de la LPRL o del genérico deber de seguridad impuesto por el artículo 14 de la LPRL, podrían resultar responsables civiles por culpa in vigilando de resarcimiento de daños y perjuicios que la actividad de aquellos ocasiones o bien atribuírseles solidariamente la responsabilidad de las infracciones a la normativa que los incumplimientos de los TTAA llevaran aparejadas, lo que se puede traducir en importantes costes, incomparablemente más cuantiosos que aquellos que se pretende eludir con la contratación del TA, o inclusive, según las circunstancias, de incurrir en alguno de los tipos de delito contra la seguridad y salud en el trabajo previstos por el vigente Código Penal. 
 
 

Si a ello le añadimos que al quedar el TA al “margen de la LPRL” y no verse constreñido a garantizar exigencias básicas que la legislación con todo rigor impone al resto de “empresarios” como la necesaria justificación de poseer una estructura organizativa específica para la gestión preventiva; contar con formación específica en prevención de riesgos laborales; realizar una evaluación de riesgos y una planificación preventiva de su puesto; someterse a una vigilancia de la salud con carácter previo al inicio de la prestación de servicios y disponer en definitiva de recursos tanto personales como materiales adecuados y suficientes, añadido al déficit de cultura preventiva que adolece el colectivo por su histórico tratamiento de exclusión de la normativa de prevención de riesgos laborales, convierte a la contratación de un TA, en un factor de riesgo añadido a los numerosos y diversos riesgos laborales ya presentes en sectores de actividad como la construcción o el transporte en los que se concentra de forma importante la actividad de los TTAA. 
 
 

El propio Informe corrobora el mayor riesgo y gravedad que rodea la siniestralidad de los TTAA al presentar los datos ya que, si bien, el índice de incidencia de los TAS es del 21,15 por mil, sensiblemente inferior al de los trabajadores por cuenta ajena en el mismo periodo (57,09), sin embargo la duración media de las bajas consecuencia de un accidente de trabajo o enfermedad profesional de los TAS es de 38, 26 días en comparación con los 25,39 días de media por caso que corresponden a los trabajadores por cuenta ajena, lo que significa que los accidentes de trabajo de los TAS acarrean lesiones de mayor gravedad lo que es debido, sin duda, a la mayor presencia de este colectivo en los sectores de construcción y transporte, en los cuales se concentran los accidentes de trabajo que ocasionan lesiones de mayor gravedad en los trabajadores accidentados. 
 
 

Con la promulgación del Estatuto del Trabajador Autónomo se ha perdido una excelente oportunidad de abordar con decisión y de una manera definitiva el importante vacío legislativo que afecta a los TAS desde el punto de vista de la prevención de riesgos laborales y que provoca que, en la actualidad, la contratación de un TA siga constituyendo un “factor objetivo de riesgo” puesto que en su gran mayoría siguen quedando al margen de la Ley. 
 
 

En este sentido, la creación de la figura del Trabajador Autónomo Dependiente (TRADE) que prevé el nuevo Estatuto y la correspondiente responsabilidad en el ámbito de la prevención de riesgos laborales que el empresario que contrate sus servicios ha de observar con el mismo, no va a suponer a priori un avance significativo por cuanto afectará a un número reducido de trabajadores (aquellos que perciban el 75% de sus ingresos de un solo cliente del que dependan económicamente).. 
 
 

Si realmente lo que se pretende mejorar la situación de los TTAA hacia mayores garantías, se hace imprescindible adoptar medidas concretas y útiles; de entre las muchas que podrían decidirse, traemos a colación tres que se antojan absolutamente fundamentales: 
 
 

1.- Extensión universal de la obligatoriedad en el aseguramiento de las contingencias profesionales a la totalidad de los TTAA. 
 
 

2.- Registro estadístico de siniestralidad propio de los TTAA, que permita incluir todos los accidentes y no sólo los de aquellos que tienen aseguramiento de contingencias profesionales. 
 
 

3.- Regulación específica en materia de prevención de riesgos para los TTAA que refleje la exigencia del cumplimiento de determinadas obligaciones de carácter básico, entre otras, la disponibilidad de evaluación de riesgos laborales de su puesto de trabajo previa a la ejecución de cualquier servicio, la utilización de equipos de trabajo que utilicen en el desempeño de su actividad homologados de conformidad a la normativa o la exigencia de una valoración de su estado de salud, previa al inicio de cualquier trabajo acorde al tipo de tareas que se vayan a realizar. 
 
 

En tanto no se den pasos más firmes, en la actualidad resulta más aconsejable la utilización de otras fórmulas de contratación bien a través de empresas de trabajo temporal, con regulación específica en el ámbito de la seguridad y salud laboral o bien a través de empresas de outsourcing de solvencia, sometidas a un mayor control desde el punto de vista de la garantía del cumplimiento de las normas de prevención de riesgos laborales. 
 
 

Celebramos pues la noticia del notable incremento de población autónoma protegida, pero urge el cambio del tempo: del “Allegro ma non tropo” de los datos actuales al “Presto” de las reformas necesarias que demanda la situación del colectivo de los TTAA. 
 

 

 

 

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DIARIO DE UN PREVENCIONISTA

 

Hoy tenemos simulacro de evacuación en la oficina. 
 

Suenan las campanas de una iglesia cercana. Son las 8.30 y salgo de casa, la hora de costumbre, fiel a la rutina que impone la vida en la gran ciudad. Hace calor; unos operarios se encuentran soldando el sumidero que atraviesa una de las calles interiores de la urbanización. 
 

Nada impide a un vecino que camina apresurado, ajeno al bochorno mañanero, pasar a su lado sorteando el abanico de chispas que buscan acomodo en su traje Emidio Tucci recién adquirido ¡al 50%! en las rebajas de las crisis de unos conocidos grandes almacenes. 
 

Saludo a Manolo, nuestro eficiente guarda, todo un ex-legionario; me dispongo a cruzar la calle para coger mi coche cuando una gran masa verde pasa delante de mi como una centella. ¿Será acaso uno de esos famosos brotes verdes de los que hablan en la televisión?.  
 

Acierto a distinguir en la lejanía que, en realidad, se trata de un camión hormigonera de una cementera próxima el que ha pasado a toda velocidad por el paso de peatones. 
 

Por un momento pienso en las personas que puedan perder la vida en accidente yendo a trabajar. ¡Bah! qué tontería, total, en España sólo muere una persona al día por este motivo. Recompuesto del susto, cojo el coche y me adentro en el descomunal atasco de todos los días. 
 

En el primer semáforo, reparo en el autobús urbano que me precede y cuyo trasero se adorna con el anuncio de la nueva campaña de prevención de riesgos del Gobierno Regional de turno, “la seguridad nos une”, reza el lema con alarde tipográfico acompañando unas fotos de anónimos modelos, eso si, muy bien parecidos, que visten ataviados con diferentes equipos de protección individual –muy original, pienso-. 
 

Meditando acerca de las posibilidades que como ayudas directas a las empresas podrían realizarse con la cantidad de 16 millones de euros del montante de la Campaña que también se pasean con el anuncio por toda la city, me sorprende observar, al adelantarlo, como el conductor apura las caladas de un cigarro rubio de una marca que bien podría ser el próximo blanco de su espacio publicitario; a fin de cuentas, no me debería escandalizar un hecho tan habitual de ver en los conductores de reparto de mercancías a cualquier hora del día.  
 

Ya son las 8, 45. En la radio, el boletín de noticias anuncia el caso de un panadero boliviano, sin contrato, que ha perdido el brazo triturado por una máquina amasadora, al que han abandonado a su suerte en la puerta de un hospital y pienso: ¡Mira que si lo hubieran dejado desangrase en la panadería!. Qué detalle. 
 

Por fin llego a la oficina. Emilio, el conserje, no está en la recepción del edificio a la hora de entrada de personal.  
 

¡Y yo que quería preguntarle si se confirmaba el simulacro!, ya que el año anterior se había desprogramado por la propiedad del edificio, sin previo aviso a los inquilinos. 
 

Juan, su ayudante, me indica exhibiendo su ortodoncia último modelo: 
 

  • Se ha ido a desayunarse su café con churros de cada día, que trabajar con el estómago vacío es una puñeta, ya lo sabe Vd.
 
 

En fin, mantengamos la calma. No hay de que preocuparse, en definitiva el factor principal de un simulacro es la sorpresa, que un incendio no avisa, ¡que aún estás dormido!. 
 

A las 12.10 h, diez minutos más tarde de lo programado, suenan las alarmas contra incendios y, equipados con nuestros chalecos reflectantes (en realidad, son los sobrantes de su flota de vehículos con los que generosamente nos ha obsequiado nuestro nuevo proveedor de renting), nos apresuramos a organizar la evacuación del personal conforme a lo indicado en nuestro Plan de Emergencia. ¡Qué excitación!. 
 

Como Jefe de Emergencia, debo salir en último lugar y asegurarme que no quede nadie en las oficinas. Es verano, y aunque disponemos de aire acondicionado, por el exceso de concentración de personas para el espacio disponible, muchas de las ventanas están abiertas para dejar entrar algo de aire. 
 

Me dispongo a cerrar la última de las ventanas y veo a Jaime, nuestro Director Financiero, sentado tranquilamente en su despacho: 
 

  • Jaime, ¿no has oído las alarmas?, preguntó ignorante de si padece algún problema auditivo ya que renunció a realizar al reconocimiento médico que le ofreció la empresa a principios de año.
 
 
  • Sí, pero es que estoy cerrando la facturación y no puedo distraerme, contesta muy solemnemente.
 
 

Me apresuro, pues, a salir al rellano de la escalera para dirigir la evacuación de quienes vienen de la planta superior, cruzando la recepción de la oficina donde veo a Sara, nuestra guapa recepcionista, hablando por teléfono. 
 

Le hago aspavientos y tras varios segundos de espera (imagino que al ver mi semblante mezcla de cabreo y estupefacción), cuelga el teléfono: 
 

  • Sara, ¿no has oído las alarmas?.
  • Sí, pero me ha llamado el Director General, y me ha dicho que me quedara atendiendo la centralita.
 
 

Ya en el vestíbulo, aún baja gente de los pisos superiores; lo hacen en grupos, charlando amigablemente; observo a Susana, diez años en la empresa en el Departamento de Contabilidad, que baja leyendo el diario gratuito que le han dado en el Metro por la mañana, en compañía de Ana, miembro del Equipo de Emergencias asignado a la evacuación de la planta 4ª. Al verla sin chaleco reflectante, le inquiero: 
 

  • Ana, ¿y tú chaleco?
  • Se me ha olvidado en casa, responde con voz trémula.
 
 

12.20 h. Acaba el simulacro. Resultado: 2 muertos. 
 

El resto del día transcurre tranquilo y sin sobresaltos. Sólo una llamada desde una delegación de Barcelona para comunicar un “incidente sin importancia” en una empresa cliente: dos operarios se cayeron con una jaula de seguridad desde una altura de 6 metros. 
 

  • ¿Como fue, Mercé?
  • Nada. Un conductor de una carretilla elevadora que hacía ocasionalmente las funciones del mozo, que en ese momento conducía el toro sin permiso, y el supervisor de turno, que había acudido a echarle una mano, se han subido con una jaula sin anclaje ni arnés alguno, con tan mala suerte, que se han caído desde lo alto de una estantería.
  • Y, ¿que les ha pasado?, le pregunto intrigado.
  • Nada. Uno se ha fracturado una pierna y el otro tiene un golpazo en la cabeza, pero estate tranquilo, que he hablado con la Mutua y me han confirmado que han calificado el accidente como leve.
 
 

¡Menudo alivio!. Son las 19.30 h, hora de volver a casa. El hervidero de teléfonos y voces se ha tornado en un  silencio plácido que se ha apoderado del lugar. Estoy deseando ver a Lucía; hoy cumple seis meses. 
 

Un panel indicador marca 36 grados cuando atravieso la rotonda próxima al parque temático cercano a nuestra urbanización. Otra noche sin pegar ojo, pienso.  
 

El brillo del sol se refleja como en un espejo sobre las cabezas sudorosas de un grupo de inmigrantes, africanos a juzgar por su aspecto, operarios de limpieza del Ayuntamiento según leo en sus chalecos (eso sí reflectantes), que se afanan por rastrillar, entre nubes de polvo, los rastrojos que ha dejado la seca primavera.  
 

En la radio, nuestro flamante Presidente, responde a los periodistas que asisten a la Asamblea de Naciones Unidas: “somos un gran país, lleno de oportunidades para todo el mundo”. 
 

20.15 h. Llego a casa. Lucía me dedica una tierna sonrisa en la puerta. 
 

Mañana será otro día. 
 

 

 

 

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